No-estrategia

Empiezo a desconfiar de las teorías completísimas sobre el amor. No porque no me convenzan (de hecho, algunas me persuaden, sobre todo por su belleza), sino porque el amor vivido es mil veces superior a cualquier construcción de la mente. Un rostro vence a un concepto. Prefiero unas manos a unas palabras.

Digo lo anterior porque esta tarde me encontré con una frase llamativa y de procedencia muy cercana. En ella puede que se condense toda mi propia no-teoría sobre el amor. Dice así:

El amor quiere la verdad imperfecta, pero no el fruto redondo de una estrategia.

Quizá resulte que, al final, después de muchas cavilaciones y cogitaciones diversas, el amor no es una cosa esférica, sino la modestísima puesta en danza de nuestra vida, inacabada la pobre, sedienta y a medio hacer. Amar puede que sea abandonar las tácticas, prescindir de la mecánica y enterrar los intereses. Y acaso ame sólo quien perdona y trate de olvidar (aunque no siempre lo consiga); quien al acostarse pueda musitar: gracias, Dios mío, hoy no he tenido estrategia.

 

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